Cuentos

Tomi y el monstruo del armario | Cuento infantil sobre los miedos nocturnos

Cuentos para decir lo que duele · Para leer con niños de 4 a 8 años

Un cuento para leer en voz alta antes de dormir, sobre los miedos de la noche y las cosas que sentimos y no decimos. Al final encontrarás una pequeña guía para madres, padres y educadores.

Tomi tenía cinco años y tres cuartos, un pijama de cohetes y un armario que hacía ruidos.

Durante el día, el armario era un armario normal: guardaba camisetas, zapatos y un dinosaurio al que le faltaba una pata. Pero cuando mamá apagaba la luz, el armario cambiaba. Primero crujía: cric. Después rascaba: rasc, rasc. Y a veces, muy bajito, gruñía: grrrrr.

—Mamá, hay un monstruo en el armario —decía Tomi cada noche.

—Los monstruos no existen, mi amor —respondía mamá, mientras mecía a la bebé, que había llegado a la casa hacía poco y lloraba mucho—. Duérmete ya.

Pero decir "los monstruos no existen" no hacía que el monstruo se fuera. Al contrario: cada noche que nadie le creía, el ruido se hacía más grande. CRIC. RASC, RASC. GRRRRRR.

Niño asustado con un oso abrazado

Una noche, cuando el gruñido era más fuerte que nunca, alguien golpeó suavecito la ventana: toc, toc.

Era una lechuza. Tenía plumas color canela, unos ojos redondos y amarillos como dos lunas pequeñas, y unas orejas de plumas que se movían cuando escuchaba.

—Buenas noches —dijo—. Me llamo Dora. Soy lechuza, y las lechuzas trabajamos de noche: escuchamos lo que los demás no tienen tiempo de escuchar. Desde el árbol oí un ruido muy grande. ¿Es tuyo?

—Es del monstruo del armario —susurró Tomi—. Pero nadie me cree.

Dora entró por la ventana y se acomodó en la cabecera de la cama.

—Yo sí te creo —dijo—. Y te voy a contar un secreto de lechuza: los monstruos crecen en el silencio y se achican cuando alguien habla de ellos. ¿Cómo es el tuyo?

Tomi nunca se había atrevido a pensar cómo era. Solo sabía que daba miedo. Pero con Dora al lado, se animó.

—Es grande —dijo—. Muy grande. Y oscuro. Tiene muchos dientes y los ojos rojos. Y está enojado. Muy, muy enojado.

—Ajá —dijo Dora, moviendo sus orejas de plumas—. ¿Y por qué estará tan enojado?

Tomi se quedó pensando. Nadie le había preguntado eso nunca.

—No sé… —dijo—. Tal vez porque nadie juega con él. Porque todos están ocupados con otra cosa. Porque antes le contaban cuentos todas las noches y ahora ya no.

Dora lo miró con sus ojos de luna.

—Qué curioso —dijo—. Parece que el monstruo y tú tienen algunas cosas en común.


Tomi bajó la mirada. Desde que había llegado la bebé, mamá estaba siempre cansada, papá caminaba de un lado al otro con ella en brazos, y nadie tenía tiempo para el dinosaurio sin pata. A veces Tomi sentía algo caliente en la panza, como un volcán chiquito. Pero eso no se decía. Los hermanos mayores tenían que estar contentos.

—¿Sabes una cosa? —dijo Dora—. Los monstruos muchas veces guardan cosas que sentimos y no decimos. Las esconden en los armarios, debajo de las camas, en los rincones oscuros. Y por las noches, cuando todo se calla, empiezan a gruñir para que alguien las escuche.

—¿Y qué hago? —preguntó Tomi.

—Lo que hacen los valientes —dijo Dora—: decirlo con palabras.

Esa noche, Tomi se levantó, caminó por el pasillo con su pijama de cohetes y encontró a mamá en el sillón, con la bebé dormida por fin.

—Mamá —dijo, y la voz le temblaba un poquito—, el monstruo está enojado porque ya no juegas conmigo. Y yo también.

Mamá lo miró un largo rato. Después dejó a la bebé en su cuna, abrió los brazos y abrazó a Tomi tan fuerte que el volcán de la panza se volvió tibio.

—Gracias por decírmelo —le dijo—. Está bien sentirse así. Te quiero muchísimo, y eso no cambió. ¿Qué te parece si mañana jugamos tú y yo, solos, con el dinosaurio?


Cuando Tomi volvió a su cuarto, el armario estaba en silencio. Dora lo esperaba en la ventana.

—Mira —dijo la lechuza.

La puerta del armario se abrió despacito: crrriiic. Y de adentro asomó… un monstruo. Pero no era grande, ni oscuro, ni tenía muchos dientes. Era pequeñito, peludo, del tamaño de una almohada, con dos ojos que parpadeaban asustados.

—¿Tú eras el que gruñía? —preguntó Tomi.

—Sí —dijo el monstruo con una vocecita—. Es que estaba solo, y tenía miedo de la oscuridad, y nadie me escuchaba. Cuando nadie te escucha, uno se pone a gruñir.

Tomi lo pensó un momento. Después corrió un poquito sus cobijas.

—Puedes dormir aquí, si quieres —le dijo—. ¿Cómo te llamas?

—Todavía no tengo nombre —dijo el monstruo—. Nunca nadie me había preguntado.

—Entonces te voy a llamar Grumo —dijo Tomi—. Porque gruñías. Pero ya no hace falta.


Dora sonrió, abrió sus alas color canela y, antes de irse volando hacia la luna, dijo:

—Recuérdalo, Tomi: cuando alguien habla, se hace luz.

Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, en el cuarto de Tomi no hubo ningún ruido. Solo dos respiraciones tranquilas, una grande y una pequeñita, y una lechuza que escuchaba desde lejos.

Fin

Guía para madres, padres y educadores

Este cuento forma parte de la colección Cuentos para decir lo que duele, de Psicodore. Está pensado para niños y niñas de 4 a 8 años y aborda dos temas que suelen aparecer juntos: los miedos nocturnos y los sentimientos difíciles ante la llegada de un hermano o hermana.

¿Qué trabaja este cuento?

  • El miedo como mensaje. El monstruo de Tomi crece cuando nadie le cree y se achica cuando alguien pregunta cómo es. Lo mismo ocurre con los miedos infantiles: necesitan ser escuchados antes que desmentidos.
  • Los sentimientos que "no se dicen". Los celos y el enojo ante un hermano menor son normales, pero muchos niños sienten que no deberían tenerlos. Cuando no encuentran palabras, a veces aparecen en forma de miedo, pesadillas o cambios de conducta.
  • El poder de la palabra. La frase final, "cuando alguien habla, se hace luz", retoma una escena que Freud relató en sus Tres ensayos (1905): un niño a oscuras le pide a su tía que le hable, porque "si alguien habla, se hace luz".
  • Nombrar para poder convivir. Tomi le pone nombre al monstruo. Lo que tiene nombre deja de ser una amenaza sin forma.

Preguntas para conversar después de leerlo

  • ¿Por qué crees que el monstruo gruñía tan fuerte?
  • ¿Alguna vez sentiste un "volcán en la panza" como Tomi? ¿Cuándo?
  • ¿Qué cosas te cuesta decir a mamá o a papá?
  • Si tuvieras un monstruo en tu cuarto, ¿cómo sería? ¿Cómo se llamaría?

No hace falta hacer todas las preguntas ni insistir si el niño no quiere responder. A veces la conversación aparece días después, de forma inesperada.

Actividad: dibujar al propio monstruo

Invita al niño a dibujar su monstruo: cómo es, dónde vive, qué come, qué le da miedo a él. Después pregúntale qué necesitaría el monstruo para estar más tranquilo y, si quiere, pónganle un nombre juntos. No corrijas ni interpretes el dibujo delante del niño: lo importante es que pueda mostrarlo y que alguien lo mire con interés.

Cuándo consultar

Si los miedos duran varios meses, le impiden dormir o ir a la escuela, o aparecen junto con otros cambios, como volver a mojar la cama, irritabilidad o aislamiento, puede ser útil una consulta. En el espacio terapéutico con niños, el juego y el dibujo ocupan el lugar de la palabra.

¿Tu hijo o hija tiene miedos que no ceden?

Podemos escucharlo y orientarte como madre o padre. Atención a niños y adolescentes en Cuenca, y orientación a padres también online.

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"Tomi y el monstruo del armario" · Colección Cuentos para decir lo que duele · © Psicodore, Cuenca, Ecuador. Puedes leerlo y compartir el enlace libremente; no está permitida su reproducción con fines comerciales sin autorización.

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